El cardenal de Munich, frustrado por el éxito en Internet de los críticos del camino sinodal
El cardenal Reinhard Marx de Munich se ha lamentado de lo que describe como una "campaña coordinada" en las redes sociales contra el Sínodo alemán, según declaró a Herder Korrespondenz.
Se siente frustrado por "la narrativa" que presenta al Sínodo alemán como cismático y que ha adquirido una influencia tan fuerte.
"Esto también es un fenómeno de los medios sociales, especialmente entre el bando más reaccionario", dijo el cardenal Marx utilizando un lenguaje marxista. "Están muy bien coordinados en sus esfuerzos, sobre todo en Estados Unidos. Esto se aplica a la política y también a la Iglesia. El otro bando [que no está interesado en la Iglesia] no es tan activo allí. He señalado repetidamente tanto a Francisco como a León XIV que se está haciendo propaganda".
Y: "En términos de comunicación, ciertamente habría sido mejor hablar más entre nosotros. Pero quizás nosotros -yo incluido- deberíamos haber buscado el diálogo antes. No obstante, admito que me preocupaba que no hubiéramos avanzado entonces. Ahora la tarea es integrar eficazmente nuestro camino sinodal con el proceso de la Iglesia universal".
El cardenal Marx cree que la Iglesia bajo León XIV avanza hacia una "nueva" autocomprensión, en la que la unidad y la misión compartida requieren una mayor participación y diálogo.
Que él atribuya la culpa a la ambigüedad de Prevost —el «sí» y el «no» que Jesucristo condenó como obra del diablo—;ya que los porristas «bergo-prevostianos» compartieron varios videos en las redes sociales en los que intentaban demostrar que Prevost se oponía a un supuesto abuso del «límite» con respecto a la bendición sacrílega de «dos concubinos impenitentes que cohabitan y practican el pecado de sodomía». Tal como advirtió el cardenal Müller, la totalidad del panfleto prohomosexual *Fiducia Supplicans* —que permite bendiciones sacrílegas de concubinos homosexuales impenitentes— es herética, sacrílega y diabólica. Cuando nosotros, como católicos, renovamos nuestros votos bautismales, juramos ante Dios renunciar a todo apego al pecado a toda obra de Satanas y sus seducciones es decir renunciamos a vivir deliberadamente pecando; por lo tanto, es imposible recibir una bendición que permita a uno continuar pecando. Jesús advirtió que no debemos echar nuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen —una referencia a los Sacramentos— Pues no son propiedad privada de los sacerdotes. La Iglesia ha declarado que el uso indebido de un sacramental —por ejemplo, el uso impropio de un escapulario— uno se compromete también a llevarlo con dignidad es decir a no seguir pecando pues se abusa de ellos cuando uno persiste obstinadamente en el pecado, pues estos no son amuletos. Nadie vestiría el uniforme militar de una nación solo para traicionarla y luchar desde dentro en favor del bando enemigo. Si, en el plano social, a esto se le llama traición, también en el plano espiritual. La Escritura claramente nos enseña que todo aquel que continúa pecando deliberadamente después del bautismo pisotea la Sangre de Cristo. La persona que comete deliberadamente un sacrilegio está renunciando a la fe, esta apostatando de la fe; por consiguiente, solo le aguarda el castigo eterno, pues —habiendo despreciado el Sacrificio de Cristo al convertirse en miembro del bando enemigo, se ha convertido en miembro del cuerpo del Anticristo— ha cometido un pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo y ha rechazado su propia redención. Del mismo modo, ningún sacerdote posee un poder superior al de Dios que le permita «bendecir» a una persona que desafía abiertamente a Dios, que reta la doctrina moral católica y vive deliberadamente en contradicción con las enseñanzas morales de la Iglesia. Tal sacerdote se convierte así en CÓMPLICE del pecado y de los pecadores. Comete sacrilegio. El Canon 188§4 establece: "Todos los cargos quedarán vacantes ipso facto, por renuncia tácita en los siguientes casos... (4) Si un clérigo ha abandonado públicamente la fe católica". Por consiguiente, el sacerdote se convierte en apóstata; junto con el pecador impenitente, comete el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Pues si la Escritura prohíbe meramente imponer las manos sobre los pecadores impenitentes —porque quien así lo hace participa en el pecado—, de ello se sigue que, al actuar como cómplice, se hace merecedor exactamente del mismo castigo que aquel que comete el pecado.